DESACATO A LA NATURALEZA


EL joven estudiante de filosofía andaba por la calle Pedro Antonio de Alarcón, una de las paralelas a la Avenida Camino de Ronda en la monumental ciudad de Granada.

Cruzó la avenida y se detuvo en un café, cercano a su piso de estudiantes, a través de cuyas cristaleras se tenían hermosas vistas del Parque Federico García Lorca.

Gustaba de entrar en el parque y sentarse en su banco preferido, cerca del estanque donde podía palpar el césped húmedo y recién cortado, y acogerse a la sombra conciliadora que proyectaban abedules, pinos y cipreses.

El nombre de nuestro protagonista era J.C. Sobrepere. Él admiraba toda manifestación de genialidad presente o pasada en la Historia Mágica del Pensamiento Humano. Así le hubiera gustado titularla. Ya que, a pesar de amar la ciencia, era consciente como buen filósofo, que de alguna manera ciertas limitaciones en el método, invitaban cuando menos, a manejarse uno con algún grado de sospecha.

Aquella tarde pensaba en la imposición de la gravedad como explicación de un hecho natural que desde hacía varios siglos se consideraba una Ley inmutable, universal y necesaria por lo menos a nuestra escala a medio camino entre el infinito cosmos y la diminuta esfera del átomo.

Pensó que, si el tiempo pudiera tener un doble sentido, tanto hacía adelante como hacía atrás, y tuviéramos un mando mágico que permitiera rebobinar escenas de la vida real. Con dicho mando podría llegar al césped no ya del García Lorca sino al de Isaac Newton en Cambridge, aquel césped que solo podían pisar unos pocos privilegiados. Se imaginó jugando en ambos escenarios con una manzana mientras exploraba las posibilidades de su mando mágico.

En un momento dado, decidió llevar a cabo un experimento ya conocido, aunque en esta ocasión a la inversa. Lanzó la manzana y está le cayó por obra de la gravedad de vuelta sobre su cabeza exactamente igual que como le pasara a Newton siglos atrás.

Entonces, presionó el mando y de forma contra fáctica la manzana ascendió, al tiempo que su brazo se estiraba, rebobinándose la escena ante el asombro de su mente. La manzana desafiaba en aquel instante la gravedad y ascendía hasta su origen, antes de ser lanzada por su mano, que ya no le obedecía.  

Entonces volvió a caer tras cesar el mágico efecto. Ante tal situación se dio cuenta de algo de capital importancia. Y es que, si realmente el mando funcionaba, al presionarlo, este rebobinaba la escena y en el caso de la manzana se violaba no solo la Ley de la Gravedad sino cualquier ley física en un flagrante desacato a la naturaleza.

Tal vez la manzana solo asumiera valores negativos en los parámetros de su trayectoria inversa y esto casase con una Ley de la Gravedad Inversa. Por eso, quiso realizar un segundo experimento, pero esta vez con unas limaduras de hierro y un imán. Éstas fueron atraídas por el magnetismo del imán, pero para su asombro al rebobinar la escena, las limaduras volvían a alejarse del imán cuando en realidad esto contradecía la atracción que éste debía proyectar sobre ellas a través de su campo magnético.

La conclusión que J.C. Sobrepere extrajo de este meditado escenario, era que el carácter imperativo de las Leyes Físicas entraban en contradicción con los hechos observados. Y a partir de ahí, seguida la estrategia como contradicción o reducción al absurdo, el resultado era que las Leyes Físicas no se cumplían para todos los supuestos atribuibles. Y por lo tanto no era lícito o no se seguía que hubiera que confiar en ellas hasta el extremo de considerarlas universales y necesarias.

Esto le llevó a plantearse que el “ámbito” donde no rigen las Leyes Físicas conocidas rompiéndose la coherencia temporal es una determinada dimensión que acertó a denominar como nulo o vacío espacio-tiempo, una especie de medio existente que podría significar un avance en planteamientos para la simulación de viajes en el tiempo.

Asustado y visiblemente emocionado, J.C. Sobrepere dejó a un lado su meditación y atravesó el Parque García Lorca, se dirigió al Parque de las Ciencias de Granada y observó en la cartelera exterior, la imagen de un Newton que lo observaba con rostro socarrón ante lo que sin duda era un auténtico desacato a la Naturaleza.

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