GIACOMO VALTIERRI

25 junio, 2020 Por Jordi Casado Sobrepere

El maestro Giacomo Valtierri andaba ensimismado, ajeno a la bandada de gaviotas que sobrevolaban el muelle entre graznidos furiosos, rompiendo la idílica calma del puerto.

Las fantasías más recurrentes le atrapaban, en el Gran Teatro del Liceo, cuando representaba la obra de la Compañía Cervantina.

Pero ahora, fíjate. Se decía para si, como si de un despojo se tratase.

El silbido huracanado no respetaba la amenaza de quedar varado en una playa infinita, donde el espumoso manto del agua lo engullese de nuevo mar adentro, tornándose el eco de las sirenas en risas apremiantes.

La campanilla de la última barcaza le hizo despegar de su letargo. Apuró los pasos, que comandaban unos zapatos de tela, cómodos, pero roídos en exceso por el sol y el reflejo salvaje de los corales.

Vestía como siempre de blanco o negro, o una combinación no muy acertada de ambos. Esa pinta suya, era una escenificación de su carácter bipolar. Su mente, torturada antaño, se había hecho a la sombra de los extremos más lacerantes. Funciones inacabadas en el escenario y en la vida, huyendo de compromisos y de la delicada mano de la suerte, para acabar perdiendo, una y otra vez, hasta sumirse en un pozo desde donde observaba el punto de luz que le decía, que tal vez existiera una última oportunidad.

La barcaza ya partía, los pasajeros guardaban acomodo, según su falta de principios, que eran los de todo un islote. Para la mayoría, isla. Para otros patria por la que morir, incluso bajo el fuego incontestable de las oscuras bocas de las fragatas coloniales.

Tantas andanadas, habían dejado en una última batida, el Castillo que coronaba el cerro del islote, como un inmenso queso gruyere y a sus abnegados defensores sordos y polvorientos.

Una brusca maniobra retuvo la barcaza, hasta el punto de que, Valtierri, de un formidable salto pudo encaramarse a la borda, estando a un tris de caer al agua. El capitán le felicitó con una sonara carcajada, parroquiano del Mesón el Candil, donde regateaba hasta última hora, el ron y la plata, con un Valtierri que ya se incorporaba entre la mirada parsimoniosa de la mayoría del pasaje.

Las callejuelas del islote, habían acogido las cavilaciones revolucionarias, de Don Facundo y Ernesto Martí. El mesón el Candil había sido el epicentro, de la fiebre libertaria, donde los primeros isleños pudieron zafarse del látigo opresor de sus dueños, y celebrar reuniones clandestinas, entre cantos y oraciones. Muchos venían del Continente, y otros de más lejos aún, pero todos sufrían el estigma de ser porteadores o meros braceros al servicio del maestrazgo de la Corona y las ávidas familias de los mercaderes.

Valtierri tenía numerosos tics, pequeñas neurosis que le hacían un personaje de lo más peculiar. Un rasgo distintivo consistía en llevarse la mano derecha a la sien, y comenzar a arquear y golpearse cada dedo con cierto frenesí, según su grado de excitación. Esto sorprendía a los que trataban con él la primera vez, pero no a los que ya lo conocían. También solía acompañar su excitación, con cierto tartamudeo, y su expresión facial se volvía de un rojo intenso en situaciones cotidianas, que solo él interpretaba como amenazantes.

Su padre, Romualdo Valtierri, tenía pasado revolucionario, de hecho, la hazaña más notoria de éste fue aparecer retratado en el álbum del periodista extranjero Alan Nelson, el reportero de la revolución, junto a los hermanos libertarios, Facundo y Ernesto, entre otros. Al parecer a pocas horas de llevar a cabo el asalto final al palacio presidencial. Mucho se especula sobre el rol de Romualdo Valtierri, unos dicen que murió al acoger su suerte una bala perdida y otros que escapó al Continente, al ser acusado de traidor por los sectores más reaccionarios del movimiento, que no podían tolerar de ningún modo su posición laxa y despreocupada en plena vorágine política.

El caso es que dejaba una criatura en este mundo, cuya madre se especula fue una dama de alta alcurnia, que no quiso facilitar su paradero, dejando al niño a cargo del único convento de la isla. De ahí que nuestro Giacomo Valtierri fuera criado por las monjas del convento de la orden colonial, las mismas que cada año dedicaban las fechas del señor a elaborar esos surtidos pecaminosos de mantecados y dulces que hacían las delicias de los isleños.

El joven Giacomo, iba para cura pero sus ambiciones dieron un giro inesperado. Fue la visita del Circo de la Luz y la genialidad de sus números y atracciones, lo que despertó la fiebre de Valtierri por la magia del arte y la creatividad. Muy a pesar del parecer de las monjitas, que no lograron poner coto al ímpetu del muchacho por conocer mundo.

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